De la legalización de las drogas

por Manuel Zorrilla Noriega

Hay pocos temas en los que las cosas son tan claras para mí, y mi posición es tan categórica, como la legalización de las drogas (la libertad sexual y los derechos de los animales son otros dos).  Hago primero un repaso rápido de los principales argumentos a favor.

  • En primer lugar está el alegato liberal de que el Estado no le puede prohibir a un adulto hacer lo que quiera con su cuerpo, siempre que no afecte los derechos de los demás.  La prohibición de las drogas está, en general (salvo por ciertas consideraciones sobre algunas drogas duras), tan justificada como suprimir el derecho a comer en exceso, o prohibir el tabaco (cuya substancia activa, la nicotina, es más adictiva que la morfina, la heroína o la cocaína), los deportes extremos o los alimentos ricos en grasas saturadas, en carbohidratos compuestos o en sal.
  • La llamada “guerra contra las drogas” es muy inefectiva (pues en términos generales, el que se quiere drogar lo hace, legalmente o no) y la estrategia prohibitiva es hasta contraproducente – uno de los argumentos centrales a favor de la prohibición se sustenta en la intención de evitar que las drogas lleguen a los niños, pero ¿cuándo fue la última vez que escuchamos que vendían vodka afuera de una escuela primaria?  La razón es, por supuesto, que un producto legal está sometido a regulaciones y controles sobre su distribución y venta (además de sobre su calidad).  En Portugal, por ejemplo, el consumo de narcóticos por parte de personas en edad escolar ha disminuido desde que todas las drogas fueron despenalizadas en 2001.
  • La lucha contra el narcotráfico es carísima, en acción militar, personal civil (por ejemplo, policías), tiempo y espacio en las prisiones, instrumentos legales, integridad de las instituciones oficiales, etc.  Son recursos que podrían destinarse al combate de las actividades criminales que sí producen víctimas reales (como los secuestros), a la prevención y el tratamiento de las adicciones, y en general a la educación y al avance de la ciencia y la tecnología. Y por supuesto, en el Tercer Mundo, por cada narco detenido surgen cinco que ocupan su lugar.
  • El comercio legal de las drogas sería con seguridad sumamente benéfico para la economía nacional.  Pensemos en los impuestos que se generarían, en los empleos legales que se crearían, en las empresas que surgirían y en el impulso que se daría al turismo (en efecto, en Holanda, la marihuana es tolerada desde los 1970’s, y su consumo por parte de ciudadanos holandeses es mucho menor que el debido al narcoturismo).
  • En México hay además el argumento nacionalista de que con el narcotráfico, nosotros ponemos los muertos, y los gringos, los consumidores.  Imagino que algo parecido vale para muchos otros países tercermundistas en los que se producen, o por los cuales se hacen pasar, drogas.
  • Por último, por si estos argumentos independientes no bastan, comparemos las drogas ilegales con el notable caso de la droga legal por antonomasia, el alcohol.  El alcohol tiene un costo sanitario mayor, y un costo social muchísimo mayor, que todos los demás estupefacientes juntos, y sin embargo es perfectamente legal.  En Estados Unidos, durante la primera mitad del siglo XX, el alcohol fue ilegal durante unos 15 años (incluyendo la década de los 1920’s).  Los legisladores de ese país vieron, a principios de la década de los 30’s, que la prohibición no estaba resultando (era totalmente ineficaz y le estaban concesionando el enormemente lucrativo tráfico del alcohol a una organización criminal espectacularmente violenta y de tal importancia que dejó huella en la historia – la Mafia), así que decidieron levantarla.  Ahora, con las demás drogas, estamos prácticamente en la misma situación.

Con todo, entiendo que la despenalización de la noche a la mañana de todas las drogas sería difícil, si no impracticable (y que de las duras, algunas, como los solventes y los cementos, son efectivamente muy dañinas para la salud del que las usa, así como que la adicción a otras, como la heroína, tiene repercusiones sociales nada positivas).  Pero, ¿por qué no empezar con la marihuana?  Buena parte de la argumentación ofrecida en el párrafo anterior se mantiene o se fortalece en el caso particular de los derivados del Cannabis sativa (cáñamo índico), que causan un gasto insignificante en salud pública y que no producen dependencia física (de modo que el Estado no tendría que financiar clínicas de rehabilitación), ni violencia, ni disminución de la productividad o funcionalidad social de los consumidores, ni nada.  Su consumo es verdaderamente un crimen sin víctimas.  Además, el narcotráfico se vería bastante golpeado, porque alrededor del 60% del dinero que maneja (aquí en México) proviene precisamente de esta droga blanda.  Por si fuera poco, el cáñamo índico es una planta muy noble – es fácil de cultivar, los brotes tiernos son comestibles y nutritivos, se puede utilizar en la industria textil (el famoso hemp), la semilla es oleaginosa (y el aceite podría usarse como combustible alternativo), etc.  Y yo no compro lo de que la marihuana sea una puerta de entrada o un escalón hacia el uso de drogas duras.  En efecto, en mi caso, nunca la he probado (en buena parte por el recelo que me inspira la idea de meterme al organismo un fármaco cuya calidad no está controlada), pero si fuera legal, probablemente lo haría (aunque sería en un brownie, o galletas, o algo así, ya que, en un principio por contreras, nunca quise aprender a fumar).  Sin embargo, jamás usaría drogas duras, así fuesen legales, gratuitas y endulzadas, y sospecho que no soy el único que piensa así.  Además, la experiencia holandesa abona a favor de legalizar las drogas blandas – es conocido que el índice de drogadicción entre los ciudadanos holandeses se ha reducido desde que allá lo hicieron, y es ahora menor que el de Francia, Inglaterra, España, y, creo, Canadá y Estados Unidos.

Pero bueno, la prohibición sigue en pie por la ignorancia de la gente y la necedad de nuestros gobernantes, y porque les conviene a los narcos (que tienen en no poca medida corrompido o infiltrado el aparato político y legislativo de países como éste), y más aún a los oficiales gubernamentales y altos mandos militares que están a cargo de “la guerra contra las drogas” (cuyo salario depende de que así siga siendo).  Y en fin, está el miedo a las drogas, que se puede argumentar que en último término se debe a la aversión judeocristiana al placer.  ¡Otro regalo de la religión organizada para el mundo!

Redacté esta nota el pasado mes de enero, movido por el mensaje de año nuevo que dirigió a la nación el actual presidente de México.  El contenido principal de este mensaje era, patéticamente, “¡Seguiremos con la guerra contra las drogas!”.  Es decir, el gobierno de este país le sigue apostando a las armas y a la muerte, al desperdicio absurdo de cantidades estúpidas de dinero, y al miedo en vez de la educación.  Prefiere empecinarse en una guerra innecesaria, costosa e inútil que no puede ser ganada, antes que aprovechar una oportunidad de progreso única en la historia.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: