La buena mujer mexicana

por Manuel Zorrilla Noriega

¿Por qué estoy tan denodadamente en contra de la moral sexual tradicional, de la institución del matrimonio y del machismo?  ¿En qué sentido el feminismo me simpatiza?  ¿Puedo dar una razón concreta de por qué le tengo tal tirria a la Iglesia Católica?

Consideremos la vida de una mujer mexicana típica antes de la década de los 1960’s (o que viva actualmente en el medio rural del país).  Desde niña la adoctrinan para que considere como virtudes sagradas la castidad y el amor monogámico, y aprende que casarse y tener hijos es lo natural, lo decente y todo lo que hay en la vida.  De hecho, para eso es educada, habida cuenta de que su valor como mujer está dado en términos de qué tan buen partido pueda atraer.  Cuando entra a la pubertad, lo hace bajo una represión sexual feroz, que responde a la obsesiva (y ridículamente irracional) preocupación judeocristiana por la virginidad femenina (recordemos que históricamente, la mujer ha sido vista siempre como una mercancía – un himen intacto es un sello de fábrica).  No bien sale de la adolescencia cuando, aún virgen pues, se llega el más maravilloso de sus días – se casa.  Y al poco tiempo el maridito demuestra que es todo un hombre:  se bebe lo poco que gana (hasta embriagarse cuando le alcanza), la golpea, la insulta, le grita y la maltrata, etc. – es decir, le hace ver quién manda.  Él se sigue acostando con otras mujeres (cosa que, hablando en serio, en sí misma no tiene nada de malo), mientras que para ella el sexo extramarital es inconcebible.  Pero las mieles del matrimonio apenas empiezan a dejarse saborear.  En efecto, pronto llegan los hijos, y siguen llegando, y no dejan de llegar porque el cura del pueblo dice que hay que tener tantos como Dios mande, sin importar que no los puedan educar o siquiera mantener.  La mujer es, a estas alturas, una esclava – totalmente sometida, entregada al infame trabajo del cuidado de los niños, la cocina y las labores del hogar, interrumpido sólo las veces que da a luz.  Lo dice la Biblia:  la mujer está para darle hijos a su esposo, y servirlo y obedecerlo siempre.  Le debe ofrecer en sacrificio su juventud al ingrato ídolo de las buenas costumbres y los valores familiares.  Y con los años la situación se hace cada vez más deplorable – el hombre de la casa probablemente ya tiene otra familia, su alcoholismo se agrava y su comportamiento empeora, pero por supuesto el divorcio no es una opción (pues la escasa educación que la mujer alcanzó a recibir antes de casarse no basta para mantenerse a sí misma y a los hijos, y además de que la sociedad conservadora castiga despiadadamente a las mujeres divorciadas, resulta que Dios no ve el divorcio con buenos ojos, de modo que el matrimonio católico es de por vida – claro, a menos que uno tenga mucho dinero o sea muy influyente, casos excepcionales ante los cuales la Santa Iglesia, al igual que la sociedad, tiende a relajar sus criterios).  Así transcurre la vida de esta buena mujer (donde “buena” significa “sacrificada, sumisa y sexualmente reprimida” – las tres S’s), al margen de cualquier forma de desarrollo intelectual, científico o artístico.  Por cierto, si ocurre que muere de parto, pues no es más que lo natural.  Finalmente, sólo era una mujer.

Ah, pero para el mentado maridito, lo del machismo (que si no fuera cierto sería gracioso) también es cultural.  De entrada, cuando nació, sus padres fueron felicitados mucho más efusivamente que si hubiera sido niña.  El machismo le entró con el biberón.  De niño le inculcaron la misoginia y el precepto de que no debía nunca mostrar sus emociones, y menos llorar en público, ya que en un hombre eso es signo de debilidad o hasta de -¡horror!- homosexualidad.  Porque claro, fue parte de su adoctrinamiento la noción de que ser homosexual es lo peor que un hombre puede ser – peor que ser asesino, ladrón, político corrupto, alcohólico o drogadicto (u, obviamente, golpeador), porque es negar el precioso tesoro de su hombría (que, por supuesto, en realidad no es más que un sobrevaluado accidente biológico).  Así, el lesbianismo es malo pero no tanto – una mujer homosexual no pierde gran cosa.  Para la mentalidad conservadora (siempre tan justa y razonable), en fin, la homosexualidad en cualquier sexo es una especie de enfermedad electiva, que no merece más que repudio, escarnio y discriminación.  Claramente, tampoco en esto de la homofobia está libre de culpa la Santa Madre (de) Iglesia.  Volviendo al niño que nos ocupa, éste adquirió después el antisexualismo de sus mayores (sesgado en contra de las mujeres, desde luego), así como los prejuicios que relacionan los hábitos sexuales de las personas con su fibra moral (en efecto, el estigma asociado a la homosexualidad masculina y el que recae sobre una mujer que es libre con su sexualidad son con seguridad los dos más severos que la sociedad mexicana tradicionalmente asigna, lo que va de acuerdo con que estamos hablando de formas de vivir la vida que ofenden gravemente al dios de los católicos – ¡a pesar de que ambas son cosas de nula carga ética!), y con el tiempo creció, pues, machista, homofóbico, católico, conservador, prejuicioso, golpeador, taurino y aficionado a la bebida (y además al futbol, pero esto es inocuo), todo por la educación que recibió.  Así se explica cómo es ahora, y en particular que haga caso del refrán popular mexicano que reza, “Las mujeres son como las escopetas – hay que tenerlas siempre cargadas y detrás de la puerta.”

No tengo mucho más que decir, porque creo que el cuadro está bastante claro.   Tal vez puedo hacer un par de observaciones.  Primera, que la Puta de Babilonia (sobrenombre afectuoso que los herejes damos a la Iglesia Católica) es una lacra de la civilización occidental – es enemiga de las mujeres (por la prohibición de los métodos anticonceptivos, del aborto electivo en el primer trimestre del embarazo y del divorcio, por su cruel actitud hacia las madres solteras y en general por la manera como ve la condición y la sexualidad femeninas) y de las minorías sexuales (lo que fue, por cierto y a título personal, la primera razón por la cual renegué de la religión de mi infancia), además de serlo de los pobres (porque mandarles llenarse de hijos es efectivamente condenarlos a no salir nunca de la pobreza), de los niños (cuya mente infecta con miedo, culpa y vergüenza), de la ciencia (como lo demuestra, para dar un ejemplo moderno, al prohibir la investigación con células madre, por razones que no son auténticamente morales, sino supersticiones anticientíficas), de la educación (ya que la religión enseña a valorar la fe por encima de la razón y a anteponer el dogma al sentido común, y desalienta el librepensamiento, la mentalidad crítica y el escepticismo) y en general de la humanidad (cosa que, además de la temeraria irresponsabilidad demográfica de oponerse al control natal, fue evidente cuando Ratzinger les habló a los africanos en contra del uso del preservativo y dijo pública y oficialmente que no sirve para prevenir el SIDA, ciertamente cometiendo genocidio).  Sin embargo, nótese que el catolicismo actual, con todas sus deficiencias morales e intelectuales, es casi inofensivo comparado con el Islam actual.  (Lo digo por la situación de las mujeres en los países mahometanos, pero también porque allá la homosexualidad y la apostasía se castigan con la muerte, y en general por la barbarie de su código penal y la burla a los derechos humanos y a las libertades civiles que constituye la shariah, o ley religiosa musulmana.)  Segunda, que uno de los argumentos favoritos de los homófobos es que la homosexualidad no es natural, pero es una falacia la presuposición de que lo natural es por fuerza moralmente deseable (son naturales la ley del más fuerte -también llamada, elocuentemente, “de la selva”-, los embarazos entre adolescentes, las violaciones, que los hombres se maten por una mujer y el muy objetable fenómeno del darwinismo social, y pues lo estrictamente natural sería dejar morir o de plano matar a los débiles, a los enfermos y a los ancianos, e instaurar un programa de eugenesia y de mejoramiento de la especie en el más puro estilo de los nazis – eso sería selección natural), y también es falso que lo antinatural sea necesariamente reprobable desde el punto de vista ético (la adopción de niños o de mascotas, la medicina, la contracepción, la solidaridad desinteresada y muchas formas de altruismo y de compasión son contra natura, por no mencionar conductas moralmente neutras como que pasemos horas frente a la computadora, que no durmamos en el suelo, que nos vistamos, nuestra alimentación, etc.).  Y tercera (y, para mí, la más triste), que la poca educación y la incesante y humillante opresión explican en buena medida que en México (así como en las muchas partes del mundo en las que este penoso esquema se repite*), las mujeres sean tradicionalmente más religiosas que los hombres – ¡la recompensa viene después de la muerte!

*En Alemania, por ejemplo, el machismo está, desde hace siglos, profundamente arraigado (aunque actualmente tiene que contender con un feminismo bravísimo – un lujo que aparentemente sólo los países desarrollados se pueden dar).  Allá todavía se habla de las tres K’s de la buena mujer alemana:  Kinder, Kirche und Küche (niños, iglesia y cocina).  (Yo digo que aquí hay las tres S’s que mencioné arriba.)
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